Con maullidos fuertes se despide de mi cada mañana y me recibe todas las tardes al llegar a casa. Impaciente, sube cada piso con prisa y me observa subir escalón a escalón, rezongando en los descansos mi lentitud mientras me excuso diciendole que me muevo a dos patas y el a 4, pero eso no le importa, el sigue esperándome a cada piso y burlándose de mi incapacidad de subir rápido. Va untándose en los escalones donde muy de ves en cuando me deja acariciarle, guiándome con sus ronroneos entre los pasillos oscuros. El que no es de nadie, pero todos le hablan como si fuera suyo, él que recibe comida de todos y duerme a sus anchas en los pasillos entre plantas de los vecinos sin pagar renta, descansando entre brisas de terceros pisos con la lentitud de la vida que se mide a soles de calores yucatecos. Aumentan sus maullidos al verme llegar al último escalón, see apresura sentándose en la puerta del departamento, comienza a mover la cola con violencia en clara señal de impaciencia al ver que no encuentro mis llaves. Al abrir al fin la puerta se cuela entre la primera rendija adueñándose de mi espacio, -¿a dónde vas confiancitas? - pero me ignora y se sienta en la cocina observándolo todo mientras lleno su plato de comida. Luego con elegante emoción corre a la puerta. Lo dejo con su festín, selección especial por qué como bien me dijo la casera -cuidado, por qué vivirá en la calle pero no come cualquier cosa-.
Yo le digo bicho o patroncito, no es su nombre por qué no lo necesita.
A veces solo me saluda desde el pasillo donde duerme o el plato con comida que le dejó el vecino, otros días me recibe desde el techo de los carros de los otros inquilinos. Comienzo a pensar que el gato negro en realidad es el verdadero casero.
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