martes, 18 de enero de 2022

Leña y miel


Cuando el aroma de la leña se siente en el ambiente pienso en la casa del abuelo y los recuerdos se llenan de olores del pasado. Puedo sentir el sabor de las barras de pan francés calientes recién salidas del horno de leña, y el cuarto que olía a miel. La imagen de "La sirena" se pasea frente a mi, cantando entre momentos de nixtamal molido y palanganas llenas de maíz, evocando el aroma del pasto al caminar por el campo vacío que se llenaba de agua los días de lluvia mientras jugábamos con los barquitos de papel en los "ríos" de la calle sin pavimento. 

La tienda llena de frascos con diferentes productos solía ser mágica, -"deme 5 pesos de galletas"- las cuáles solían ser envueltas en papel de estraza y entregadas ante los ojos de una niña que se conformaba con poco para ser feliz. Recuerdo los aromas dulces de las flores en el mercado mientras esperaba a que mi madre comprara las cosas para el desayuno y me sentaba a esperarla mientras bebía un soldado de chocolate. 

Los recuerdos tienen aromas, vienen acompañados de notas de especias recién molidas que se servían a cucharadas sobre papel para ser entregadas entre atados de rábano y cilantro. Le perdí el miedo a ver animales muertos y vísceras al pasear por esos mercados del pueblo, pero nunca le perdí el miedo a la oscuridad al final de la calle solitaria que llevaba a la vieja estación. 

El abuelo siempre era el primero en levantarse para ir a ver a sus abejas, recuerdo los sonidos de su "sigilo" tratando de no despertar a nadie sin lograrlo, abría los ojos y veía  la ventana con el cielo aún a oscuras lleno de estrellas, debajo de ella el altar a "San Miguel de Arcángel" que solía inquietar mi mente infantil en su batalla estática y eterna, atrapado sin poder moverse nunca más. Cuando la tranca sonaba sabía que el se iba y yo volvería a dormirme. Extraño dormir como lo hacía en la casa del abuelo, arropada por la calma del pueblo y que lo único que perturbaba el sueño en la madrugada eran los trailers lejanos pasando en la carretera. Despertar temprano oculta detrás de la cortina que hacia su papel de pared divisoria no era tan malo, el despertador siempre eran los sonidos de la cocina, los trastes lavándose, las palomas gorjeando en el techo y de nuevo el olor a leña que cocinaba el desayuno. 

Conejos corriendo por todos lados mientras los perseguía con hojas de Ramón para que se acercaran a mi, lavar el jalltún del patio para que los animales tomen agua, alimentar a las gallinas y jugar con los perros mientras la familia reía y amorosa convivía mientras las tortillas se iban haciendo a mano. 

La infancia es ese lugar feliz al que voy a veces, rodeada de recuerdos en "Tres cruces" con los platos volando por el aire y todas las mujeres Kantún riendo de nuestro fallido picnic en el cerro, los noviembres con la familia en el patio preparando pibes para el altar a los finados, todos colaboraban, todos como familia, el abuelo nos unía sin saberlo, a pesar de los problemas entre hermanos, esas cosas de adultos que ahora ya no me son ajenas. Cuando el abuelo murió yo no lloré, tarde en asimilar la perdida, pero sigo conservando los recuerdos, los olores y sonidos de la casa, el olor a cerveza de los tíos  mientras "Don Piedra" abría la puerta de golpe y gritaba como Pedro Infante. 

En Maxcanú, en la casa en ruinas junto a la vieja estación residen algunos momentos de la infancia que atesoro, los recuerdos entre leña y miel. 

Carpe Diem

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